lunes, 30 de julio de 2012

A las ideas les cuesta morir



Lo siguiente no es mío, son unos fragmentos de un interesante relato de Isaac Asimov.

Los ataron contra la aceleración del despegue, rodearon sus ingeniosamente diseñados asientos con
líquido, y fortalecieron sus cuerpos con medicamentos.
Luego, cuando llegó el momento de retirar las correas, se encontraron con apenas un poco más de
espacio que antes.
Las simples y ligeras ropas que llevaban les daban una ilusión de libertad, pero tan sólo una
ilusión. Podían mover libremente los brazos, pero las piernas sólo hasta un punto limitado.
Solamente podían extender por completo una, no las dos a la vez.
Podían variar su posición medio reclinándose a la derecha o a la izquierda, pero no podían
abandonar sus asientos. Los asientos eran todo lo que tenían. Podían comer, dormir, ocuparse de sus
necesidades corporales de forma más o menos adecuada mientras permanecieran sentados allí, y
sentados allí debían permanecer.
Durante una semana (un poco más, en realidad), estaban condenados a una tumba. En aquel
momento, no importaba que la tumba estuviera rodeada por todo el espacio.
La aceleración había sido superada y había desaparecido. Ahora habían iniciado el silencioso y
uniforme trayecto a través del espacio que separaba la Tierra de la Luna, y ese era el gran horror.
- ¿De qué vamos a hablar? -preguntó Bruce G. Davis, Jr., sordamente.
- No lo sé -repuso Marvin Oldbury.
De nuevo reinó el silencio.
No eran amigos. Hasta haría muy poco ni siquiera se conocían. Pero estaban aprisionados juntos.
Los dos se habían presentado voluntarios. Los dos habían cumplido todos los requisitos. Eran
solteros, inteligentes, y gozaban de buena salud.
Además, los dos se habían sometido durante meses a una intensa psicoterapia.
Y el gran consejo de los psiquiatras había sido: «¡Hablen!».
- Hablen constantemente, si es necesario -les habían dicho-. No dejen que la sensación de
estar solos les invada.
- ¿Cómo pueden saberlo? - dijo Oldbury.
...
- ¿Por qué te presentaste voluntario? -dijo Oldbury.
- Eso hubieras debido preguntármelo antes de partir. Entonces lo sabía. Iba a ser uno de los
primeros hombres que dieran la vuelta a la Luna y regresaran. Iba a ser un gran héroe a mis
veinticinco años. Colón y yo, ya sabes. -Volvió inquieto la cabeza a uno y otro lado, luego dio un
par de chupadas al tubo del agua. Prosiguió diciendo-: Sin embargo, pese a todo eso, me he pasado
los dos últimos meses intentando echarme atrás. Cada noche me iba a la cama sudando, jurándome a
mí mismo que renunciaría a la mañana siguiente.
- Pero no lo hiciste.
- No, no lo hice. Porque no podía. Porque era demasiado cobarde para admitir que era un
cobarde. Incluso mientras me ataban a esta silla, estaba dispuesto a ponerme a gritar: «¡No!
¡Busquen a algún otro!». Pero no pude hacerlo, ni siquiera entonces.
Oldbury sonrió.
- Yo ni siquiera pensaba decírselos -comentó-. Escribí una carta comunicándoles que no iba a
hacerlo. Pensaba echarla al correo y desaparecer en el desierto. ¿Sabes dónde está ahora esa carta?
- ¿Dónde?
- En el bolsillo de mi camisa. Aquí.
- No importa -dijo Davis-. Cuando volvamos, seremos unos héroes..., unos grandes, famosos
y temblorosos héroes.

Lars Nilsson era un hombre pálido de ojos tristes, con nudillos prominentes y delgados dedos. Era
el director civil del Proyecto Espacio Profundo desde hacía tres años. Había gozado con el trabajo,
incluso con la tensión y los fracasos..., hasta ahora. Hasta el momento en que dos hombres habían
sido finalmente atados a sus puestos dentro de la máquina.
- Me siento como un vivisector-dijo.
El doctor Godfrey Mayer, que dirigía el grupo de psicólogos, mostró una expresión apenada.
- Hay que arriesgar tanto hombres como naves. Hemos hecho todo lo que hemos podido para
prepararlos y protegerlos, hasta los límites de lo humanamente realizable. Después de todo, esos
hombres son voluntarios.
- Lo sé - dijo Nilsson apagadamente.
El hecho no le consoló en lo más mínimo.

Observando los controles, Oldbury se preguntó cuándo - si alguna vez llegaba a ocurrir-,
alguno de los diales iba a exhibir el color rojo indicativo de peligro, en qué momento empezaría a
sonar una sirena de alarma.
Les habían asegurado que, con toda probabilidad, nada de aquello iba a ocurrir, pero los dos
habían sido entrenados de manera precisa en la forma exacta de ajustar, manualmente, cada uno de
los controles.
Y con razón. La automatización había avanzado hasta tal punto que la nave era un organismo que
se regulaba a sí mismo, casi como algo vivo. Sin embargo, en tres ocasiones había sido enviada una
nave no tripulada, casi tan complicada como aquella en cuyo interior se hallaban sepultados ahora, a
recorrer una trayectoria de bumerán en torno a la Luna, y ninguna de las tres naves había regresado.
Además, en cada ocasión, los aparatos de información que transmitían los datos de vuelta a la
Tierra habían fallado antes incluso de alcanzar la órbita de la Luna en el camino de ida.
La opinión pública estaba impaciente, y los hombres que trabajaban en el Proyecto Espacio
Profundo habían decidido no aguardar al éxito de un vehículo no tripulado antes de arriesgar vidas
humanas. Se decidió que era necesario un vehículo tripulado a fin que pudieran introducirse
correcciones manuales para compensar los pequeños fallos acumulativos de la imperfecta
automatización.
Una tripulación de dos hombres... Temían por la cordura de un hombre solo.
...
- Al menos podemos ver que la Tierra es redonda -comentó Davis.
- ¿Constituye eso un descubrimiento?
Davis pareció inmediatamente molesto por la forma en que Oldbury había tomado su
observación.
- Sí -afirmó-, constituye un descubrimiento, si lo ves de este modo: sólo una pequeña parte de
la población de la Tierra ha estado siempre convencida de la redondez de la Tierra.
Conectó las luces interiores de la nave, frunciendo el ceño, y desconectó el videoscopio.
- No desde el mil quinientos -objetó Oldbury.
- Si tienes en cuenta las tribus de Nueva Guinea, seguíamos creyendo que la Tierra era plana
pasado el año mil novecientos cincuenta. Y había sectas religiosas en Estados Unidos en los años
treinta que creían que la Tierra era plana. Incluso ofrecían recompensas a quien pudiera probar que
era redonda. ¡A las ideas les cuesta morir!
- Chiflados -gruñó Oldbury.
Davis se suavizó un tanto.
- ¿Puedes tú acaso probar que es redonda? -preguntó-. Quiero decir, independientemente del
hecho que acabes de comprobarlo por ti mismo.
- No seas ridículo.
- ¿Lo soy? ¿O más bien estás tomando la palabra de tu maestra de cuarto grado como el
Evangelio? ¿Qué pruebas te han dado? ¿Que la sombra de la Tierra sobre la Luna durante un eclipse
lunar es redonda, y que tan sólo una esfera puede arrojar una sombra redonda? ¡Eso es una absoluta
tontería! Un disco circular puede arrojar una sombra redonda. E igual puede hacerlo un huevo o
cualquier otra forma, por irregular que sea, con una intersección circular. ¿Vas a decir que los
hombres han viajado rodeando la Tierra? Podrían simplemente haber estado trazando círculos en
torno al punto central de una Tierra plana a una distancia fija. El efecto sería el mismo. ¿La parte
superior de un barco es lo primero que aparece en el horizonte? Sabes muy bien que se trata de una
ilusión óptica. Hay otras más sorprendentes aún.
- El péndulo de Foucault -dijo Oldbury brevemente.
Se sentía intimidado por la vehemencia del otro.
- Te refieres a un péndulo instalado sobre un plano y girando a medida que la Tierra se mueve
bajo él, a una velocidad y con una amplitud que dependen de la latitud del lugar donde se esté
realizando el experimento. ¡Seguro! Eso si un péndulo se limita a un plano, y si las teorías
implicadas son correctas. ¿Cómo puede eso satisfacer al hombre de la calle, que no es físico, a
menos que esté dispuesto a creer ciegamente en la palabra de los físicos? ¡Te diré una cosa! No hubo
ninguna prueba satisfactoria afirmando que la Tierra fuera redonda hasta que los cohetes pudieron
elevarse lo suficiente para tomar fotos que mostraran su curvatura.
- Tonterías -dijo Oldbury-. La geografía de Argentina estaría completamente distorsionada si
la Tierra fuera plana, con el Polo Norte como centro. Cualquier otro centro distorsionaría la
geografía de cualquier otra porción de tierra. La corteza terrestre no tendría la forma que tiene si no
fuera casi esférica. No puedes refutar eso.
Davis guardó silencio durante unos instantes, luego dijo malhumoradamente:
- ¿Por qué demonios estamos discutiendo? Al diablo con todo eso.
...
La curva del borde de la Tierra era mucho más pronunciada ahora. Estaban a unos ochenta mil
kilómetros.
Davis se había vuelto ante el brusco y fútil movimiento del otro, y dijo beligerante:
- La redondez de la Tierra no es una prueba de nada. Después de todo, el hombre podía
arrastrarse sobre su superficie y deducir su forma por su geografía, como tú has dicho. Pero hay otras
cosas en las que actuamos como si realmente supiéramos, y con mucha menos justificación.
Oldbury se frotó el dolorido codo y dijo:
- De acuerdo, de acuerdo.
Pero Davis no se sentía aplacado.
- Ahí está la Tierra. Mírala. ¿Qué edad tiene?
- Unos cuantos miles de millones de años, supongo -dijo Oldbury cautelosamente.
- ¿Supones? ¿Qué derecho tienes a suponer? ¿Por qué no unos cuantos miles de años? Tu
bisabuelo probablemente creía que la Tierra tenía seis mil años de edad, a contar desde el Génesis.
Sé que el mío lo creía así. ¿Qué te hace estar tan seguro que ellos estaban equivocados?
- Hay una buena cantidad de pruebas geológicas.
- ¿El tiempo que necesita el océano para volverse tan salado como es? ¿El tiempo que necesita
para formar un estrato de una roca sedimentaria? ¿El tiempo que necesita para formar una
determinada cantidad de plomo un mineral de uranio?
...
- No me importan los porqués. Sólo intento demostrarte que todas las pretendidas pruebas de la
edad de la Tierra no invalidan necesariamente la creación de la Tierra hace seis mil años.
- Supongo que tú consideras todo esto como una especie de juego..., un rompecabezas científico
para comprobar la ingeniosidad de la Humanidad, o ejercitar tu mente...; una gimnasia mental para el
intelecto.
- Te crees muy gracioso, Oldbury, pero en realidad, ¿qué hay de imposible en todo eso? Podría
ser así. No puedes probar que no lo sea.
- No intento probar nada.
- No, te sientes satisfecho tomando las cosas tal como se te ofrecen. Por eso he dicho que eres un
estúpido. Si pudiéramos retroceder en el tiempo y comprobarlo por nosotros mismos, entonces sería
otro asunto. Si pudiéramos retroceder en el tiempo hasta antes del cuatro mil cuatro antes de Cristo y
ver el Egipto predinástico, o antes aún, y cazar un tigre de dientes de sable...
- O un tiranosaurio.
- O un tiranosaurio, sí. Hasta que podamos hacer eso, lo único que podemos hacer es especular,
y no hay forma de decir cuándo la especulación es correcta y cuándo no. Toda la ciencia está basada
en la fe en las premisas originales, y en la fe en la validez de los métodos deductivo e inductivo.
- No hay ningún crimen en eso.
- ¡En sí mismo ya es un crimen! -exclamó Davis con vehemencia-. Empiezas a creer, y una
vez empiezas a creer cierras las puertas de tu mente. Tienes ya tu idea, y no la reemplazas por otra.
Galileo comprobó en sus propias carnes cuánto les cuesta morir a las ideas.
...
- ¿Es eso un hecho?
- Absolutamente. Colón seguía los mapas de un geógrafo italiano que había dado a la Tierra
unos veinticinco mil kilómetros de circunferencia, con el borde oriental de Asia a tan sólo unos
cinco o seis mil kilómetros de Europa. Los geógrafos de la corte del rey Juan de Portugal insistían en
que eso era erróneo, que la Tierra tenía unos cuarenta mil kilómetros de circunferencia, que el borde
oriental de Asia estaba al menos a veinte mil kilómetros del borde occidental de Europa, y que el rey
Juan haría mejor en seguir intentándolo por la ruta que rodeaba África. Los geógrafos portugueses,
por supuesto, estaban en lo cierto en un ciento por ciento, y Colón estaba equivocado en un ciento
por ciento. Los portugueses alcanzaron la India, y Colón nunca lo logró.
- Pero descubrió América. No puedes negar ese hecho.
- Eso no tuvo nada que ver con sus ideas. Fue estrictamente accidental. Fue un fraude intelectual
tan grande que, cuando su viaje demostró que su mapa estaba equivocado, falsificó su diario de a
bordo antes que cambiar sus ideas. A sus ideas les costó morir. De hecho, no lo hicieron hasta que él
no murió también. Y lo mismo ocurre con las tuyas. Puedo estar hablándote horas y horas, y tú
seguirás convencido que Colón fue un gran hombre porque pensaba que la Tierra era redonda
cuando todos los demás decían que era plana.
- Lo que tú quieras -murmuró Oldbury.
...
Lars Nilsson tenía las transcripciones ante sí, con las partes más significativas señaladas en la
cinta por los psicólogos.
- ¿Seguimos recibiéndoles claramente? -preguntó.
Le aseguraron que los aparatos de recepción estaban funcionando perfectamente.
- Me gustaría que hubiera alguna forma de evitar escuchar su conversación sin que ellos lo
supieran -dijo-. Supongo que es una tontería por mi parte.
Godfrey Mayer no vio ninguna utilidad en negar el diagnóstico del otro.
- Lo es -admitió-. Una completa tontería. Considérelo simplemente como una información
adicional, necesaria para el estudio de las reacciones humanas en el espacio. Cuando estábamos
comprobando las respuestas humanas a las altas aceleraciones, ¿se sintió usted molesto al
contemplar los indicadores de las variaciones de su presión sanguínea?
- ¿Qué opina usted de Davis y de sus extrañas teorías? Es algo que me preocupa.
Mayer meneó la cabeza.
- Aún no sabemos de qué debemos preocuparnos. Davis está elaborando agresiones contra la
ciencia que lo ha situado en la posición en que se encuentra.
- ¿Es esa su teoría?
- Es una teoría. Expresar las agresiones puede ser bueno. Puede mantenerlo estable. Pero
también puede ir demasiado lejos. Es demasiado pronto para decirlo. Ahora bien, es posible que sea
Oldbury quien esté en mayor peligro. Se muestra más pasivo cada vez.
- ¿Supone usted, Mayer, que todo esto puede llevarnos a concluir que el hombre no está
preparado para el espacio? ¿Ningún hombre?

...

«Una vez apuntado al frente, dejen que los medidores de luz hagan su trabajo. La Luna será el
objeto más brillante de las inmediaciones, y el videoscopio quedará centrado en ella en un equilibrio
inestable. Los medidores necesitarán unos cuantos segundos para rastrear el resto del cielo y girar el
videoscopio de vuelta hacia la Tierra, pero en esos segundos uno puede cambiar los mandos a
manual, y ya está.»
...
- Trescientos veinte mil kilómetros -dijo Davis-. Eso supone casi el ochenta y cinco por
ciento del camino.
La porción iluminada de la Luna estaba llena de pecas y granos, y sus cuernos ocupaban casi toda
la pantalla. El Mare Crisium era un óvalo oscuro, distorsionado por la visión oblicua, pero lo
bastante grande como para introducir un puño en él.
- Y todo va bien -prosiguió Davis-. Ninguna lucecita roja en los indicadores de los
instrumentos.
- Estupendo -dijo Oldbury.
- ¿Estupendo? -Davis miró a Oldbury, y sus ojos se entrecerraron con suspicacia-. En cada
uno de los anteriores intentos, todo fue bien hasta que llegaron más o menos a esta altura del viaje,
así que no es estupendo todavía.
- No creo que nada pueda ir mal ya.
- Pues yo creo que algo irá mal. Se supone que la Tierra no lo sabe.
...
- Puede que haya muchas cosas en el espacio que se supone que no sabemos. Hay mil millones
de años luz delante de nosotros. Sólo que es posible que lo que haya en realidad sea una sólida pared
negra justo al otro lado de la Luna, con estrellas pintadas en ella y planetas moviéndose por delante,
para que todos los chicos listos de la Tierra puedan concebir todo tipo de ilusorias órbitas y teorías
gravitatorias a partir de ello.
- ¿Un juego para probar nuestras mentes? -preguntó Oldbury.
Sus recuerdos le trajeron observaciones anteriores de Davis -¿o eran suyas?-, y sufrió un
sobresalto. Todo aquel asunto de la nave parecía tan distante...
- ¿Por qué no?
- Todo marcha perfectamente -exclamó Oldbury con ansiedad-. Al menos hasta el momento.
Y algún día todo marchará perfectamente durante todo el trayecto.
- Entonces, ¿por qué todos los instrumentos de registro empiezan a ir mal pasados los trescientos
veinte mil kilómetros? ¿Por qué? ¡Respóndeme a eso!
- Ahora nosotros estamos aquí. Los ajustaremos.
- No, no lo haremos -dijo Davis.
...
Entonces, de repente, el pequeño y atestado espacio dentro de la nave se llenó con un intenso
zumbido, y la mitad de los diales del panel empezaron a llamear en rojo desordenadamente ante sus
ojos.
Oldbury se echó hacia atrás, pero Davis aulló casi triunfalmente:
- ¡Te lo dije! ¡Todo empieza a ir mal!
Accionó inútilmente los mandos manuales.
- No volverá ninguna información a la Tierra. ¡Secretos! ¡Secretos!
Pero Oldbury seguía mirando a la Luna. Estaba terriblemente cerca, y ahora la superficie se movía
con rapidez bajo ellos. Estaban iniciando la maniobra de salida de la órbita, y el grito de Oldbury fue
un agudo chillido.
- ¡Mira! ¡Mira eso!
El dedo con el que señalaba estaba rígido por el terror.
Davis alzó la vista y exclamó:
- ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios!
Lo dijo una y otra vez, hasta que finalmente la imagen del videoscopio desapareció y los diales
que controlaban el aparato brillaron todos rojos.

Lars Nilsson no podía ponerse más pálido de lo que ya estaba, pero sus manos temblaban cuando
las cerró convirtiéndolas en dos puños.
- ¡Otra vez! Es una maldita mala suerte. Durante diez años, los automatismos no han resistido.
Ni en los vuelos no tripulados. Ni en éste. ¿Quién es el responsable?
No servía de nada intentar buscar responsabilidades. Nadie era responsable, como Nilsson
admitió casi inmediatamente con un gruñido. Era tan sólo que en el momento crucial -de nuevo-,
las cosas habían fallado.
- Tenemos que sacarlos de allí de alguna manera -dijo, sabiendo que el resultado de la
experiencia era discutible a partir de aquel momento.
Sin embargo, se puso en marcha todo lo que se creyó que podía hacerse.

- Tú también lo viste, ¿verdad? -preguntó Davis.
- Estoy asustado -gimoteó Oldbury.
- Lo viste. Viste la cara oculta de la Luna mientras pasamos sobre ella, ¡y viste que no había
nada! Buen Dios, sólo postes de madera, sólo un gran andamiaje sujetando quince millones de
kilómetros cuadrados de lona. ¡Te lo juro, lona!
Se echó a reír alocadamente hasta ahogarse, falto de aliento.
- Durante un millón de años -dijo roncamente-, la Humanidad ha estado contemplando el
mayor decorado que jamás hubiera podido soñar. Los amantes se acaramelaban bajo un trozo de lona
del tamaño de un mundo, y le llamaban la Luna. Las estrellas están pintadas; tienen que estarlo. Si
pudiéramos ir lo suficientemente lejos, podríamos arrancar alguna y llevarla de vuelta a la Tierra. Es
todo tan divertido...
Se echó a reír de nuevo.
Oldbury deseaba preguntarle a aquel adulto por qué estaba riendo, pero sólo conseguía pronunciar
un «¿Por qué..., por qué...?», debido a que la risa del otro era tan estentórea que helaba las palabras
en su garganta.
...
- ¿Sabes por qué no importa el hecho que lo hayamos visto?
Oldbury se secó las lágrimas para mirarle.
- No. ¿Por qué?
- Porque no importa lo que hayamos visto. Si volvemos a la Tierra y decimos que la Luna es
simplemente una lona sujeta por un andamiaje de madera, nos matarán. O quizá nos encierren en un
asilo psiquiátrico para el resto de nuestras vidas, si se sienten generosos. Por eso no vamos a decir
nada al respecto.
...
- No había ninguna nave. No estábamos en el espacio.
- Pero recuerde que no sólo se lo dijimos. Le mostramos la nave y los controles que gobernaban
las imágenes de la Tierra y de la Luna. Usted lo vio.
- Sí. Lo sé.
- Mayer prosiguió rápidamente, con un tono definitivo:
- Fue un ensayo, una reproducción completa de las condiciones para probar cómo reaccionarían
los hombres. Naturalmente, a usted y a Davis no podíamos decírselo, porque la prueba no hubiera
servido para nada. Si las cosas no iban bien, podíamos detener el ensayo en cualquier momento. Así
aprenderíamos gracias a la experiencia y podríamos efectuar los cambios que fueran necesarios, e
intentarlo de nuevo con otra pareja.
Le había explicado aquello una y otra vez. Oldbury tenía que comprenderlo si quería aprender a
vivir de nuevo.
- ¿Ha sido elegida ya una nueva pareja? -preguntó Oldbury con añoranza.
- Todavía no. Pronto lo será. Hay que hacer algunos cambios.
- Yo fracasé.
- Aprendimos mucho con usted, de modo que el experimento fue un éxito en ese sentido. Ahora
escuche... Los controles de la nave estaban diseñados para empezar a ir mal cuando lo hicieron, a fin
de comprobar su reacción ante unas condiciones de emergencia después de varios días de tensión del
viaje. La interrupción estaba programada para el vuelo simulado en torno a la Luna, y estaba previsto
que volvieran a funcionar en el viaje de regreso. Se suponía que ustedes no verían el otro lado de la
Luna, así que no lo construimos. Llámelo economía. Esta prueba ha costado cincuenta millones de
dólares, y no es fácil conseguir fondos.
...
- ¿Alguna esperanza con Davis?
Mayer meneó lentamente la cabeza.
- Ese es un caso distinto. Se ha encerrado completamente en sí mismo. No habla. Y eso nos
impide llegar hasta él. Hemos intentado la aldosterona, la ergoterapia, la contraelectroencefalografía,
y todo eso. Nada ha funcionado. Cree que, si habla, lo meteremos en un asilo psiquiátrico o lo
mataremos. No es posible pedir una paranoia más desarrollada.
- ¿Le ha dicho usted que sabemos?
- Si lo hiciéramos, lo empujaríamos nuevamente a un ataque homicida, y quizá no fuéramos tan
afortunados como la otra vez, cuando salvamos a Oldbury. Creo más bien que es incurable. Según
me ha dicho el enfermero, a veces, cuando la Luna está en el cielo, Davis se queda mirándola y
murmura para sí mismo: «Lona».
- Esto me recuerda lo que dijo el propio Davis en la primera parte del viaje -dijo Nilsson
seriamente-. A las ideas les cuesta morir. Es cierto, ¿verdad?
- Esa es la tragedia del mundo. Sin embargo...

Valentina Bernal
30/07/2012